Gato capado

Hace unos cinco o seis meses vivo con una pareja de jóvenes a quienes, ya más que mis ‘caseros’, considero mis amigos. Nunca me atrajo la idea de compartir alquiler con nadie, pero con ellos la experiencia ha sido diferente a todo lo que había escuchado antes.

Claro, son jóvenes y están libres de los prejuicios, malcriadeces y refunfuñar característicos de las tradicionales viejecillas que alquilan alguna habitación de su casa a estudiantes, provincianos, o a quienes como yo, por trabajo o motivos personales, necesitan estar más cerca del downtown ‘vedadeño’.

Hace un par de meses Lourdes se trajo a casa un pequeño gatito que ya ha crecido algo pero que sigue igual de juguetón que cuando llegó. Es el primer gato que veo al que le gusta el agua. Más de una vez lo he visto meter la cabeza en cualquier recipiente que contenga agua. No sé si lo hace porque se le ‘sobrecalienta’ la cabeza de tanto correr de un lado a otro o si, siguiendo no sé cuáles instintos o experiencias anteriores, anda en busca de algún pececillo de color.

Cuando David me comentó hace unos días que iban a castrar a ‘Neco’ (que así lo llamamos) sentí pena por él. Me explicaba (mi amigo, claro, no Neco) que el objetivo de tan drástica decisión era eliminar el natural instinto reproductor del gato que podía llevarlo a escapar de casa y a otras conductas nada higiénicas ni sanas como es marcar el territorio con la orina, maullar demasiado o mostrarse agresivo. Además – esto lo encontré en Internet – al disminuir el vagabundeo del gato se evitan intoxicaciones, heridas de peleas y hasta infecciones como la leucemia o el virus de la inmunodeficiencia felina, que es una versión del SIDA que se transmite por las mordeduras y solo ataca a los gatos. En fin, todo ventajas.

El pasado martes cuando llegué a casa en la noche ya el nombre de nuestro gato había crecido pero a diferencia del Fantito que iba a regar la espina en aquellos ‘muñequitos’, no se veía muy ‘animado’. De hecho, ni se movía. Me comentaron mis amigos que para que Neco se convirtiera en ‘Neco el Eunuco’ fue necesario inyectarle anestesia general y que, al parecer, le habían suministrado un poco más de la necesaria. De todas formas su vida no corría peligro y solo necesitaba un par de días de reposo y otros tantos sueros ‘en vena’ para alimentarlo mientras recuperaba la fuerza que le permitiera valerse por sí mismo y comer.

Al otro día apenas se arrastraba y dos días después, para el ojo ajeno, parecería que nuestro pequeño amigo se había vuelto adicto al alcohol. No quedó pared, silla, pata de la mesa u otro objeto contundente a menos de 20 centímetros del suelo que no conociera la cabeza del recién castrado.

Ahora todo ha vuelto a la normalidad. Ya nuestro juguetón gatito ha vuelto a las andadas y ahí está siempre que entramos del balcón, apostado (más bien escondido) detrás de la puerta, listo para saltarnos encima, fiel a uno de esos instintos que, afortunadamente, nunca perdemos aunque nos ‘castren’ anatomía o sentimientos.

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