El Club de la Bufanda

As the spirit wanes, the form appears.

Charles Bukowski

“En este país estamos diseñados para la mediocridad. Y no hablo del invento utópico este. Siempre ha sido así,” me decía Raulito hace un par de noches. Nos habíamos conocido apenas unas cuatro horas antes mientras ‘celebrábamos’ el cumpleaños de una amiga común en el Malecón y después de varias ‘botellitas’, verdades y retos agradecidos, terminamos como casi siempre terminan todas las conversaciones entre cubanos: hablando del país y, particularmente, del arte en el país.

Que si los buenos escritores tienen que irse para que les publiquen, que si la poesía de Pablo Armando es ‘impasable’, que si Kcho “está tirando con el rostro” y “ya me tiene hasta los cojones con sus ladrillitos y sus botecitos, igual que Montoto con sus aguacates, sus melones y su hiperrealismo copiado de los rusos” que si “La Jungla” de Lam tenía que estar aquí y no en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, que si los que dirigen no saben nada de arte; en fin, todo un glosario de supuestas (o no) aberraciones sufridas por la cultura nacional en los últimos 100 años.

Siempre he sentido un no sé qué raro por el arte, sobre todo por la pintura. Quizás se deba a que, a pesar de que mi padre – Lic. en Artes Plásticas y buen pintor – trató de ‘pasarme’ su tan-por-mí-envidiado talento en mi niñez con una cantidad de pinceles y temperas que podrían servir para un curso completo en San Alejandro, solo soy capaz de pintar unos garabatos que harían reír incluso al menos talentoso de los cavernícola-pintores.

Sin embargo, a pesar de mi frustrante ineptitud práctica, si no hubiese estudiado idiomas me hubiera gustado graduarme de Historia del Arte. Cuando el tiempo me lo permite me doy el placer de leer pequeños materiales sobre el tema aunque en lo absoluto me considero un experto, nada más alejado de la realidad. Por eso, cuando de arte se trata, casi nunca opino sobre cuestiones conceptuales; me limito a escuchar, grabar en el ‘disco duro’ y después informarme ya alejado del ‘calor’ del debate.

“No, y hay que ver la gente que estudia arte ahora, sobre todo las ‘chiquitas’. Ahí con sus tacones, sus vestidos, sus bufandas. No saben nada del puto arte y ahí las ves, en todas las exposiciones. ¡Coño! ¡Si es que las estudiantes de arte siempre han andado en sandalias! Ya sé que es un estereotipo pero es así. Estudias Arte-Sandalias, de toda la vida,” sentenció mi melenudo interlocutor.

Solo atiné a sonreír y recordar una experiencia que viví hace unos pocos meses.

Estoy casi seguro de que fue en agosto. El calor era insoportable y bastó con que Lisy me dijera que después podríamos sentarnos un rato en alguno de los ‘timbiriches’ junto al muro en la Bahía para  convencerme de acompañarla a aquella muestra de pinturas  de un amigo suyo en una galería de la Habana Vieja.

Cuando llegamos ya había acabado la inauguración y los invitados bebían sus ‘cócteles’ mientras se paseaban por la sala deteniéndose de vez en cuando frente a algún cuadro a comentar con su ‘crítico-acompañante’ de ocasión.

Después de saludar al autor-amigo dejé a Lisy conversando con otro grupo de personas y me dediqué a mirar los cuadros. Sí,  varios de ellos me gustaban, aunque no tanto como para que aquella joven pasara desapercibida ante mis ojos. Era casi imposible. Aparte de su hermoso rostro  y demás atributos innecesarios de  enumerar, un vestido color… – no sé, tampoco soy bueno en eso de recordar o aprender los nombres de colores que no sean los elementales -, unos tacones que emulaban con los zancos de las muchachas de Gigantería y una bufanda negra (mi color preferido), la hacían ‘imperdible’.

De repente allí estaba ella, también frente aquella pintura que ahora me miraba y se me antojaba como el más inescrutable de todos los jeroglíficos del que no me atrevía a comentar nada por temor a que saliera espantada al comprobar tanta ignorancia – porque seguro que ella podría hablar de la pelusa y hasta de la contrapelusa del cuadro (estilo, influencias, relación entre los elementos, materiales, etc). Y yo jurándome que esta vez si me tomaría el arte en serio y aprovecharía al máximo mi ‘ilimitado’ acceso a Internet mientras fingía repentino interés por otro lienzo.

Y allí seguía ella, escudriñando en el cuadro y apoderándose de todos los secretos – indescifrables  para mí – escondidos en aquella pintura.

Después de casi una hora de tertulia artística e inevitable ‘arrancadera de pellejo y chismografía’ incorporadas, salimos de la galería y caminamos hacia la Plaza de Armas y de allí hacia uno de los kioscos ubicados cerca del Muelle de Caballería. Aire fresco y una bien ‘fría’ era todo lo que mi cuerpo necesitaba.

Para mi sorpresa, allí estaba la misma muchacha, ahora acompañada de dos amigas compartiendo cervezas mientras – imaginé – intercambiaban criterios sobre la muestra que acababan de ver.

Fuimos al mostrador y pedimos dos cervezas. Le sugerí entonces a Lisy ir a aquella mesa que ‘casualmente’ estaba junto a la de ellas. Lo que escuché después de habernos sentado lo transcribo tal como lo recuerdo:

– Oye, tremenda suerte enterarnos de que la ‘profe’ venía también.

– ¡Y yo que no pensaba venir!

– ¡Mira! Ni loca. ¿Tú sabes la cantidad de puntos que nos ganamos con ella ahora?

– No, a mí por lo menos me tiene que dar 4 en la “intra” porque me he metido como 15 minutos delante de cada cuadro y con los tacones estos pa’ que te cuento…

– Oye, ¿y qué era eso? ¿Impresionismo abstracto o postmodernismo?

– ¡Ay, mija! ¡Qué sé yo!… Si tú ves los ‘Convers’ que me compré…

Miré mi reloj; eran pasadas las 3:00 y recordé que en casa me esperaba mi cama para ‘chuparme’ todo el cansancio del día. Me despedí de mis amigos y caminé rumbo a mis aposentos sin dejar de sonreír.

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2 Responses to El Club de la Bufanda

  1. AVB dice:

    ¡Muy bueno, sin mayores adjetivos!

  2. MERCEDES PERDIGON dice:

    buenisimo,,,,, keep on

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