Aristóteles nunca estuvo en La Habana

Me gusta el orden, la limpieza y la coherencia. Algunos de los que me conocen dicen que bien podría ser émulo de Monk, el obsesivo-compulsivo protagonista de esa homónima serie televisiva. Sin embargo, tratar de encontrar ‘la lógica’ en algunas de las cosas que nos suceden o que a menudo vemos por donde vamos, es algo en lo que hace ya algún tiempo decidí que no emplearía mi tiempo.

Hace unas semanas fui con una amiga a un concierto del joven trovador Adrián Berazaín en el patio del Museo Nacional de Bellas Artes. Había llovido bastante. No hacía tanto calor y decidimos ir desde la Rampa hasta allá caminando a lo largo del Malecón mientras atardecía.

Llegamos. Casi de noche. Una gran ‘cola’ inesperada. Amigos. ¡Qué suerte! Adentro ya. Mucha sed. “¿Bebederos? ¿Aquí? Estos están locos”. Cafetería cerrada. Por supuesto. “Es domingo, hoy cierran temprano”. “¿Sabe dónde podemos comprar agua por aquí cerca?” “Sí, miren, allí, en aquella cafetería”.

Y allí estaban los pomitos de agua natural Ciego Montero de 500 mL, fríos y sudaditos, mirándonos detrás de la puerta de cristal del freezer. “¿¡Un caña!? ¡¡Ñooo!!” “Recuerda que en esta zona todo es más caro. Ya mejor compramos uno grande y así matamos la sed los dos y nos sobra.” “Ok. De todas formas, con uno chiquito nos quedamos igual”.

Y allí estaban también los pomos grandes de litro y medio. Todo perfecto excepto por dos pequeños detalles: no veíamos ninguno frío y el de muestra no tenía la etiqueta del precio. “Tú verás que este nos ‘clava’ dos pesos (léase CUC) por el pomo y encima caliente”, dije desde una desconfianza basada en muchos años de experiencias similares.

“Por favor, ¿cuánto cuesta el pomo de agua natural grande?” “Setenta centavos”, respondió el dependiente. Mi amiga y yo nos miramos. “¿Y tiene fríos? Es que no los veo” “Sí, están en la nevera”. Volvimos a mirarnos. En un incontenible arrebato de inocencia e incredulidad insistí: “Mire, nosotros queremos un pomo grande de agua natural frío. ¿Son 70 centavos?” “Sí”, contestó en abierto desafío a todas las leyes de la lógica. “¿Y el chiquito cuesta un peso?” “Anjá”.

Pagamos nuestro pomo de agua y salimos. Caminamos hacia el Museo y en menos de dos minutos solo nos quedaba el plástico vacío y una sensación de total desconcierto.

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2 Responses to Aristóteles nunca estuvo en La Habana

  1. Loco, eso es seguramente por la diferencia de marcas. Los Ciego Montero suelen ser más caros que Las Lomas. Na, cosas del “socialismo salvaje”, jajaja.

  2. Esa fue una de las posibles razones que consideramos en ese momento pero enseguida la desechamos cuando nos dimos cuenta de que también era Ciego Montero. Nada, que terminamos pensando que quizás sea porque la gente los que más compra son los chiquitos y ni miran pa’ los grandes.

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