Vergüenza Propia

Vestía una combinación de estrecho pantalón carmelita a cuadros, pulóver que en algún momento había sido blanco y tenis que pedían a gritos un descanso. En la cabeza, un pañuelo tejido con hilos de colores casi imposibles de distinguir intentaba sin mucho éxito cubrir sus grises dreadlocks.

– Por favor, ¿tienen 25 kilos que me vendan ahí pa’ un completo? –  me preguntó después de aproximarse a la mesa a la que me había sentado con aquel compañero de aula de la universidad a quien no veía hacía más de 10 años a recordar los viejos tiempos y a “ponernos al día”.

– No, colega. No tengo menudo – respondí fiel a mi principio de no dar limosnas ni hacer trueque monetario de tipo alguno con desconocidos.

“Ese perro ya no me muerde más,” pensé mientras por mi mente pasaban imágenes de las frecuentes oportunidades en que había visto mis generosas monedas convertirse en aliento etílico e incluso en humo.

– Gracias de todas formas, amigo, y disculpen la molestia.

– No hay lío.

Apenas unos minutos después mi “amigo” aún trataba infructuosamente de trocar sus pesos cubanos en menudo de CUC cerca del mostrador cuando entró una joven madre llevando de la mano una niña de unos cinco o seis años. Compró una Cola, la abrió y se la dio a la pequeña.

– ¡Yo quiero un dulce! – gritó la infante haciendo gala de esa innata capacidad de los niños de antojarse de todo lo que ven por ahí —como si necesitaran una vez más otra prueba del infinito amor de papá y mamá, para quienes a menudo uno de esos casi siempre efímeros ‘antojitos’ significa un sacrificio inimaginable para ellos.

– ¡Niña, que no tengo dinero!

– Sí tienes. En el bolsillo – respondió la niña ya con las lágrimas corriendo por su cara tal vez viendo alejarse la posibilidad de llevarse el eclair a la boca o por sentirse víctima de aquel engaño materno o quizás queriendo dar muestras de su aún no descubierto talento histriónico. ¡Ah, niños!

– ¡Que no me alcanza!

No escuché el diálogo que tuvo lugar entonces entre la madre y mi amigo-buscador-incansable-de-25-centavos-de-CUC. Solo sé que segundos más tarde el discípulo de Bob Marley sacó de su bolsillo un par de monedas (pequeñas, parecían de 5 o 10 centavos de CUC), las colocó en manos de la madre y se rehusó a tomar el billete de cinco pesos que ella le extendía.

Minutos después salimos de aquel lugar. Caminamos G abajo y hablamos de algo que no puedo recordar. En el bolsillo de mi pantalón, 35 centavos de CUC (una moneda de 25 y otra de 10) quemaban mi muslo derecho.

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2 Responses to Vergüenza Propia

  1. Liván Pujada dice:

    Primo este está bueno… Deberías pensar en publicarlos en Inglés, les he hablado a un montón de amigos de ti y de lo que escribes y les gustaría leerlo pero es que ellos no hablan español.
    Un beso.

  2. Gracias, primo. Eso que me dices suena interesante pero me llevaría un poco de tiempo. Voy a darle “taller” a ver si me decido. Quizás no a todos pero a algunos sí podría hacerles una versión en inglés. un beso

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